Y aquel que era eyectado a la calle, al escritorio de la oficina de, ese que era recibido en la mesa del domingo a las doce del mediodía con un grito de café y la sección de avisos clasificados animada en el borde de la mesa de fórmica redonda, aquel que era mirado de soslayo cuando agitaba el fondo del tetrabrik de leche, Señor Nimo, usted le advertía “ponerle la guitarra de sombrero” y no sabía “qué” tenía al lado.
Puedo entender, podría permear la duda, párrafos adelante prometo lanzar alguna línea que ayude a despejar la “x” (estará en usted reconocer la idea y darle valor), en el caso de Cucho estaba al alcance de la mano: quería tocar la guitarra todo el día y que la gente se enamorara de su voz. Había un deseo de proceso, de horas-cuerdas de nylon, de prueba-acierto, prueba error, y otra vez desde el principio. Señor Nimo, le reconozco que es fuerte la puja del superyó, que el pensamiento dominante también advierte su complejidad para conversar, pero Cucho estaba declarando su voluntad de trabajo y su deseo de compartir arte y poder vivir desde allí en la comunidad que integraba. Cucho estaba dispuesto a pasar horas y horas, días, ¡semanas y meses! bancando el proceso, dándole duro a los acordes hasta que la cosa se dejara de tanto pensar para que la música hiciera lo suyo. Cucho estaba dispuesto a meterle toda la madrugada hasta lograr componer aquel pasaje de notas con la delicadeza del felino y la rimbombancia de un coro de aves.
No sé cuáles habrán sido las páginas siguientes en la vida de Cucho, pero ya fuera en una oficina, en el mostrador de un banco o en el escenario de algún teatro con esa misma guitarra, me gustaría saber si finalmente continuó su marcha o fue que se apagó aquel motor deseante que lo hacía practicar y practicar, ensayar y ensayar, que le jugaba su imperceptibilidad al reloj de la pared, que al hambre se le escondía y a los murmullos del “compre – venda – gane – sea el mejor” no le permitía ni siquiera mostrar las garras de su hipnosis; Señor Nimo, por el bien nuestro, el de esta comunidad a la que pertenecemos, espero que en el cachito de país en donde Cucho haya construido sus capítulos, no se le haya apagado ese deseo tan hermoso de querer algo y tener la fuerza y la voluntad de ponerle el cuerpo para conseguirlo (en un año, cinco, veinte, pero no en un día).
Cucho quería trabajar, y desde este escribiente, no hay Cucho sin trabajo pues la voluntad, la disciplina y la valentía de continuar pese a todo, eso es lo que traza un partir de aguas al respecto del análisis que intento. Ahora bien, Señor Nimo, si lo que usted veía (al fin y al cabo yo sólo era uno de palo) era alguien para quien ese “trabajar todo el día” se trataba de veinte minutos por semana y puro chamuyo, si ese deseo no venía calando callos en los pulpejos a lo loco, si ese “que la gente se enamore de mi voz” invocaba una especulación y nada más, estoy con usted. En tal caso, compartíamos la misma lucha pues, la cosa se trata de defender la posibilidad de que cada quien se pueda realizar desde el trabajo, y para mí eso era lo que Cucho quería; y, como diría usted, “por los menos así lo veo yo”.
Hay un salvajismo espantoso del “llame ya – consiga ya – compre ya”, esa es su casaca, eso es lo que se ve, lo que pasa es que tela a piel se va imprimiendo su verdadero terror, con sutileza por cierto, al susurro de “llame yo – consiga yo – compre yo”. Debemos dar la batalla pues de los ´90 para acá la cosa se viene poniendo cada vez peor. Y la batalla no se da de otra forma que no sea poniendo el cuerpo. Aquellos que sintamos que la cosa va por acá, sigamos mostrando que siempre hay espacio para alguien más en todo esto, al fin y al cabo esas células de la individualidad, del mío, mío, mío, que muy rápido se traducen en un ahora, ahora, ahora, y si no llanto, y si no, fake, y si no, chillo excusa, excusa y más excusa, esas células siempre van a estar, sólo que las otras, las del proceso, las del largo camino, las de las acciones grupales se encuentran dormidas, y estallan las otras sus gritos desde los podios que nunca merecieron. Debemos despertarlas. Por eso es bueno siempre mirar hacia los costados, es sólo cuestión de que aquello vuelva a sentir que tiene lugar para pastar, que los triunfos no sólo están en los tiempos y los premios. Yo estoy seguro que es por aquí pues el ser humano es esencialmente grupal, y no hay forma más hermosa de construir grupos, redes, equipos y bandas que no sea desde el trabajo arduo en aquello que prende fuego como loco dentro nuestro. Y lo que es más, así como podemos amar desde ahí, también deberíamos poder vivir de aquello que nos estimula día a día a trabajar, a proyectar y a soñar.
Lucas Bruno

