Es que la historia es algo más que aquello que se dice, que se cuenta, tan sólo por veinticuatro horas.
La cosa se vuelve más fácil si al darnos la mano además de mirar la forma en que estamos caminando o si el puño del buzo se subió, percibimos la temperatura, la caricia y la fuerza con la que somos agarrados.
La puerta se cierra y luego dos o tres trabas más. Nos sacamos el abrigo y dejamos a un lado los zapatos. La mirada periférica que pese a la insistente demanda del celular acompañaba cada uno de nuestros pasos con su alerta pasiva aún en las calles más conocidas, comienza a prepararse su vermut. Aquí puede llegar a encontrarse una punta en los porfiados ovillos de nuestra neurosis: si nuestro estar “al acecho” juega sólo como vigía y protector de robos y daños, hostilidades del clima y (dejo aquí un espacio en blanco para que usted rellene a puño y letra) , si sólo en esos casos es que juega entonces estamos en un problema. La puerta, la pared, ese límite macro, nos da un respiro y estamos en casa. Nuestro estar “al acecho” asiente satisfecho y me pregunto: ¿si en lugar de terminarse el vermut y quedarse dormido, levantara la vista y encontrara por qué brindar? Si no hay, puede no haber. Pero si hay, ¡ahí está la cosa! Nuestro estar “al acecho” también puede respirar en el momento a momento de la vida de joggineta y musculosa; a lo mejor estemos al borde de una nueva canción junto a quiénes convivimos (parejas, familiares, amistades y todos nuestros simpáticos y antipáticos estares) y tan sólo porque se ve igual que ayer, que antes, nuestro espíritu se anestesia y “mañana será otro día”.
El estribo de los mongoles, el martillo, sacapuntas, pentium y demás. La tecnología y sus magnas magnitudes. Al respecto, ¡qué concepto tan interesante la de la tecnología conveniente! que viene a “levantarle el hombrito” a la tecnología dada, pues irremediablemente la tecnología conveniente pone al tablero yoico en estado de arte. Del internacional al análisis nacional y del nacional a eso que está dentro de la llave que alquilamos o algún día pagaremos y que tenemos a mano.
¿Qué nos conviene? Y lo primero que debo gritar antes de que las teclas me arranquen los dedos es que dependerá desde qué lugar nos hagamos esa pregunta. Para seguirle la pista a la nota de la semana pasada, resaltaré qué la pregunta lanza “¿qué nos conviene?” en lugar de “¿qué me conviene?”, y para no ampliar demasiado, el “nos” como al menos dos; que convenir es venir con.
El tema de la tecnología dada está en cuando eso que está dado no tiene que ver con lo que realmente necesitamos. Lo que necesitamos para crear, eso es lo conveniente. Y quedarnos con la tecnología dada (esa que siempre es conveniente para otros) nos pone en una situación de profunda pasividad marchando al compás de la competencia voraz. Esos son los casos en los que el entusiasmo, el más deiforme de nuestros estares, junta sus labios y asiente cifótico mientras acepta volver a esperar.
Levantamos la vista en nuestra mesa y las cartas están echadas, es cierto que sea probable que aparezca alguna cartilla nueva cada tanto, pero no estoy poniendo la lupa en eso. ¿Cuáles de esas tomo para crear un juego, en este ahora? Estar al acecho en nuestra vida cotidiana, desde las cartas que haya, para que los modos, esas infinitas y efímeras presentaciones de cada qué y cada quién, bailen sus bondades al compás de nuestro deseo.
Lucas Bruno

