Es muy fácil observar en las distintas expresiones de las redes pluricontenidos que levantando el mentoncito ostentan el sello de “hace bien”; la patada de las neurociencias en general entra e impone su distancia, y la explicación genera tranquilidades en determinada parte de la audiencia y ansiedades en otras. El dato llega, con una sonrisa, bien modulado, acaparando todas nuestras atenciones, llega, se explica y se entiende, o se teme, o no se entiende y se reproduce, en fin. Llega, el dato llega. La primera cosa, muy de nuestros tiempos: la inmensa oferta de información, ese es el primer mojón y ¡vaya si debería orientarnos! Ya no se trata de que la información quede asegurada con dientes y cuchillos en los cajones de unos cuantos lúcidos, no, hay mucha, muchísima información circulando y entonces, el primer tamiz, a brocha gorda, será averiguar lo verdadero en lo verosímil. Para ello: comunidad (usted sabrá, siempre existen esos con quienes debatir, consultar, explorar… ¡animesé! no vaya a ser cosa que usted termine desarrollando una especie de resorte ansiolítico entre la duda y el chat shipití. ¡Vamos! ¡no se lo pierda! discuta con quienes tenga confianza, que lo más interesante siempre será el proceso y no tanto ese resultado que pide y pide pista).
Segunda cosa, hoy estoy muy directo (a veces pasa), ¿cuáles son las lupas con las que analizo el dato en cuestión? La otra vez un amigo me envió un video en donde una médica hablaba de lo bien que hace el deporte a una persona. Era maravilloso, los datos que ofrecían las neurociencias en relación a la comparación con el uso de antidepresivos, del factor neutrotrófico y el potencial del cerebro, felicito que esto esté en estudio; es conmovedor que las ciencias nos den la razón a quienes así lo sentimos durante toda nuestra vida. “Sigan, sigan con la pelotita y las raquetas, que hace bien”. Uno de los pensamientos que se cruzaron en mi cabeza fue “¿cómo es que hemos llegado al punto en que sea necesario demostrar lo obvio?”. Hacer deporte siempre fue signo de salud, al menos de Grecia en adelante hay registro. Sin embargo, llegamos a un momento de la historia en la cual es necesario que en los canales de comunicación se exprese esto con lujo de neurotransmisores. Ok, hace bien, ya lo sabíamos, aunque no por eso. Me pone muy feliz que las ciencias nos den la razón pero para mí que se equivocan (¡chiste!), digo que creo que como buenas contemporáneas de la globalización, deben estar haciendo foco en sus resultados al respecto del impacto individual de la actividad física, de cómo queda enmarcado el mapa cerebral a través de los estudios dinámicos de imágenes y valores sanguíneos. Pero nosotros siempre supimos que hacía bien porque en realidad nos llenábamos de anécdotas. Hacer deporte para este escribiente tiene que ver con construir grupos, proyectos, desafíos, con llegar a un lugar y ser alguien para dejar de serlo de inmediato en la actividad común; atrevernos a enfrentarnos a situaciones de las que no sabíamos que teníamos la fortaleza para ello y que las descubrimos tan sólo con el choque de una mano o la mirada cómplice de “¡ahora!”, “¡GOL!”, “¡la próxima!”, “¡arriba!”. Ya sabíamos que hacía bien pues, volvíamos a casa con cien historias por contar, es verdad, en ocasiones exagerábamos, no había streamings que te enrostraran que aquello que sentías dentro de tu cabeza no había sido en verdad tan así, pero en todo caso podría afirmarse que para exagerar de esa manera (a puro entusiasmo) había que poder estar así de bien. El deporte hace bien por un montón de cosas de la salud física de una persona, ¡claro!, pero para mí su clave, el santo grial del ser humano, es que el deporte genera comunidad.
Le seguimos el pulso a eso de “hace bien”. Pasa, pasa mucho, que cuesta quizás encontrar ese pequeño hueco en el mundo desde donde animarnos a levantar la mano o volvernos perceptibles en la mirada periférica de los otros. Más tarde o más temprano uno llega a alguno de estos lugarcitos desde donde construir, allí en donde el todo excede tanto pero ¡tanto! a la sumatoria de las partes (perdón a las ciencias de las calculadoras, en ocasiones sucede que los números en lugar de sumar o restar, bailan y se abrazan), y entonces, allí, al llegar, uno debería tener una única certeza: arremangarse y meterle práctica y repetición. Venir, volver a venir y seguir profundizando mi participación aquí. ¡No puede haber excusas que valgan! He llegado, por fin he llegado a un espacio en donde poder ser en un nos implacable, aunque aún no haga mucho, aunque aún no se note, soy en un nos, y eso, eso es salud.
Así como existe un inmenso mosaico de canales virtuales, así también se potencian las excusas. Para todo. Para intentarlo, para continuar, para profundizar, ¡hasta para retirarme cuando debía! Llegan a nuestros cráneos exultantes fundamentos y adjetivaciones, conformismos y consuelos (sí, con suelos), y encuentran su paz en nuestras acciones. Nos han hecho creer que poblarnos de excusas era lo correcto, de hecho en algunas discusiones hasta llegan las excusas de esmoquin, moño, palabras esdrújulas y diploma universitario. La tecno hizo lo suyo, digamos que calentó un poco el sofá antes de que lleguemos, y de pronto si para esto o aquello se necesita mucho tiempo, si me queda lejos, si es muy largo, si no filman y nadie me ve, si filman y se me ve como no me gusta, si, si, si, si… para no, no, no, no. Nadie habla de sacrificio aquí, che, pero cómo no va a valer nuestro esfuerzo conectarnos con nuestra potencia de obrar en el mundo en el medio de la expresión de un “algo” al que pertenezco. ¡Vamos, che!
En una de mis primeras clases de medicina descubrí hurgueteando historias clínicas la palabra “catarsis” entre las rutinas de examinación: catarsis +, catarsis ++, catarsis +++, catarsis -, etc. Llegaba pulido y entendía el concepto “psi” de catarsis, pero al consultar a la enfermera a qué se refería el documento (pues, no era tan ingenuo como para suponer que hacían terapia los pacientes internados y que los profesionales del psi ponían cuánta catarsis había realizado en la semana) me sorprendí en la confirmación de lo que no quería asumir como tal: “es que cagan o no cagan” me respondió. De alguna forma, algo de eso hay, ¿no? Al hacer catarsis uno saca hacia afuera parte de lo que no sirve, lo que está de más, lo que me hace mal si me lo quedo, el excedente, etc. El concepto arrancó parecido con los cataros franceses, religiosos medievales que se autodenominaron “puros” dadas sus disidencias con el pensamiento dominante del catolicismo de aquel tiempo; la catarsis inicialmente entonces se trató de una purificación, una purga. Y ahí está, aún anda bárbaro en nuestros tiempos el concepto.
La relación entre la catarsis y los arrojos más de control de nuestra personalidad son infinitos. Control – expulsión. Problemas, amor, faltas, debilidades, proyectos, deseos. Control – expulsión. De lo que hago mal, lo que hago bien. Control – expulsión. Entonces, clínicamente el yo mantiene catarsis +, pero tenemos que ser muy cuidadosos con esto, no vaya a ser cosa que “lo catartizado” se me venga encima. Debemos aprender a mantener catarsis +, por muchas cosas, pero en especial, esta vez, por una: hay que lograr desprendernos de aquello que nos pesa, que detiene nuestra potencia de obrar, que “captura” dicha potencia; largar, soltar, elaborar, buenos pasos, muy buenos. Pero ¡ojo! cuidado, no vaya a ser cosa que en lugar de ejecutar una correcta catarsis terminemos soltando todo con simples excusas no pidiendo la pelota cuando hay que hacerlo o sacándomela de encima cuando la tengo bajo mi zapatilla. ¡Ojo con soltar por soltar! ¡Hay que aprender a hacerlo! Pasa mucho, muchísimo en estos tiempos que nos llenamos de excusas para soltar cuando la cosa se pone un poco más tensa de lo imaginado. Catarsis + no es sacarme de encima cualquier proyecto, en especial hay que tener mucho más cuidado en aquellos proyectos en los que sentimos que nuestra alma va en alza, como cuando volvíamos de aquella hazañas en las que no había registro audiovisual (que lo registrara ni que lo interrumpiera), y agarrábamos el primer vaso que encontrábamos para llenarlo de jugo y anécdotas de bizcochitos, sanguches, biromes y anotadores. Cuando el alma se eleva, cuando el entusiasmo por fin nos abraza, atenti con las excusas que siempre están esperando que las miremos para entrar por nosotros al partido.
Y entonces, una correcta catarsis aprende a sacarse de encima a las excusas, dándole de este modo entidad al bien llamado “excusado”. Del mismo modo, ante una mala catarsis (esa de sacarme todo de encima) el excusado termina resultando quien esté sentado sobre el frío asiento del baño.
Si siente ese impulso, aunque dé vergüenza, aunque enoje, aunque sienta que no, si siente ese vientito que estimula, animesé y vuelva a intentar, que es todo crecimiento. Pues para el amor, para nuestros proyectos deseantes ¡no hay excusa que valga!
(Nota del autor: ¡ojo con creer que así le digo al inodoro! fue pa´l texto nomás)
Lucas Bruno

